La verdad dolorosa y liberadora de Dolores Huerta

El dolor es un mentor que no solo nos enseña empatía, sino también, más importante aún, dicta cómo un sistema está fallándole a sus personas si escuchamos atentamente. Antes de contemplar la sanación, debemos contemplar el dolor, vadeando sus profundidades para familiarizarnos con sus fluctuaciones. Solo podemos empezar a sanar verdaderamente a través de acción compasiva e informada que aborde las causas fundamentales del sufrimiento maligno y prevenible.

Mi recorrido interreligioso comenzó la primera vez que fui lastimada por la religión. Cuando yo tenía 11 años, la Propuesta 8 estaba en la papeleta de voto en California y recuerdo a mis compañeros de clase usando la Biblia para justificar su homofobia. Mi familia es Budista, entonces yo no tenía idea a qué se referían. Solo sabía que yo siempre había sido ‘queer’ desde antes de tener el lenguaje para describirlo. Lo que dolió no fue que yo fuera diferente. Fue que no sería aceptada. Para mí, ser queer significa revivir la vulnerabilidad inconfundible que sentía cuando niña cada vez que debía salir del closet para nuevas personas en mi vida.

En la universidad, elegí estudiar arte e historia del arte. Empecé a leer la Biblia e ir a la iglesia de mi amiga para ayudarme a entender las pinturas que me mostraban en clase. También empecé a estudiar la desconexión entre los ministros que recitan pasajes azotadores anti-LGBT y la congregación joven, quienes muchos eran aliados y parte de la comunidad LGBT. Me uní a un grupo interreligioso porque quería encontrar un camino para que las personas vivieran plenamente su identidad sexual y religiosa y para luchar en contra de la cantidad creciente de sufrimiento en nuestro país. Bajo la dirección de la Rev. Dra. Zandra Wagoner, nuestro currículo de Fellows Interreligiosos se centraba en un marco interseccional que reforzaba nuestro respeto por la identidad completa de una persona, nos ayudaba a crear programación inclusiva, y nos alentaba a usar nuestro poder y privilegio para apoyar a las personas que se enfrentan a la discriminación. Juntos, creamos una comunidad abierta donde podíamos ser auténticamente nosotros mismos.

Alrededor de este tiempo, me convertí al Cristianismo. Hay una cualidad hermosa y humilde que Jesús y Buda compartían. Ambos tenían la inmensa oportunidad y autoridad de actuar como desearan, y aun así decidieron que no estaban interesados en acumular riquezas, buscar poder, o impulsar su propia reputación. En cambio, escogieron dedicar sus vidas al servicio a los otros y aliviar el sufrimiento en el mundo.

Recientemente, tuve el privilegio de trabajar con una líder que de igual manera encarnaba los valores de la compasión y la determinación inflexible, llamada Dolores Huerta. Su nombre significa “dolor en las plantaciones” y no hay un nombre que encaje más simbólicamente para la cofundadora de la Unión de Trabajadores Agrícolas después de ser testigo del sufrimiento de los agricultores y sus hijos en California Central. Las personas fácilmente reconocen los logros de Dolores de organizar a millones de personas para mejorar las condiciones laborales y los salarios de los trabajadores agrícolas en los años 60. Lo que usualmente olvidan es que esto fue solo el comienzo de su larga trayectoria profesional. Dolores ha trabajado fervientemente por más de 60 años promoviendo el feminismo, la justicia climática y racial, y los derechos LGBTQ+. Una de sus convicciones más profundas es el poder de la gente. Con un poco de entrenamiento, cualquier persona puede volverse organizadora y cuando las comunidades se organizan, pueden lograr lo que sea. En 2002, la Fundación Puffin otorgó a Dolores su Premio de Ciudadanía Creativa de $100,000, el cual usó para crear la Fundación Dolores Huerta (FDH) en 2003. La misión de la FDH es inspirar y organizar comunidades para construir organizaciones voluntarias empoderadas para buscar justicia social.

Durante mi tiempo en el departamento de comunicación de la FDH, coordinando innumerables colaboraciones y eventos y entrevistas, observando y documentando el trabajo de Dolores y nuestros empleados, me di cuenta de algo. La verdad liberadora es que no existe una persona extraordinaria que sea extraordinaria ella sola. La verdad es que hay millones de personas que llevan adelante la bandera de la justicia cada día, y aun así solo oímos de aquellos que se levantaron primero y fueron más lejos. Cuando honramos a Dolores, también honramos los valores del coraje, la dedicación y la compasión, cualidades que ya existen dentro de nosotros si aprovechamos su poder. Todos los movimientos de justicia social dependen de la creencia de que cualquiera puede ser un activista potencial, porque para que un movimiento sea exitoso, necesitamos gente que organice la lucha por la igualdad en cada sector de la sociedad. El movimiento necesita artistas, educadores, trabajadores de la salud, padres, funcionarios electos, científicos, clérigos, directores generales, y cuantas personas sea posible para hablar en contra de la injusticia donde sea que la veamos. No importa qué decidas hacer en tu vida, usa tu posición para defender la equidad. Cada persona, sin importar el color de su piel, el color del cuello de su camisa, su identidad de género, su visión del mundo, o a quién ame, merece el derecho a la oportunidad igualitaria y tratamiento igualitario. Podemos crear una sociedad inclusiva que acoja la humanidad de cada persona. Todavía no estamos ahí, pero podemos llegar si trabajamos juntos. Sí se puede.

This article was translated by Laura Bohorquez. Read the English article here. 

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